El Vino, mi bebida predilecta

"El vino es una exploración de los sentidos. Al abrir el paladar para disfrutar de un buen vino realizamos un ejercicio de concentración en el momento y en los sentidos. Es una especie de meditación que, además de darnos una sensación placentera, nos recuerda lo bien que se siente estar vivo. El vino no es en sí una experiencia, sino su perfecto acompañante.

 

Desde muy pequeño mi madre me enseñó la importancia de la cocina y la solemnidad de la mesa. Ser intrépido con los sabores es crucial para el comensal, e indispensable para el cocinero, de modo que "no me gusta" no era una frase que se pronunciara a menudo en mi casa. La cocina era un laboratorio de aromas, texturas y sabores; la mesa, un templo dedicado a la convivencia, la armonía, y el amor de familia. Dicen que la nostalgia altera la memoria, pero para mí, nuestra mesa siempre fue un espacio separado del resto del mundo, donde periódicamente, un grupo de gente buena se reunía para quererse.

 

Cuando pienso en vino recuerdo precisamente aquellas grandes comilonas rodeado de seres queridos. Llegábamos temprano para cocinar, y conforme pasaba la tarde llegaban los demás. Se servía la comida (a la hora de cenar), y se destapaba una botella de vino, y al poco tiempo una más. Es así que el vino en mi vida no fue sólo una nueva experiencia gastronómica, sino también un importante punto de convivencia con mi familia. El vino son risas y lágrimas; es pelear con mi mamá un minuto y bailar el siguiente; es amanecer hablando de música con mi tío Jorge, o profundizando sobre la vida con mi tío Tony, así como un sinfín de experiencias gratas con otros tantos personajes importantes de mi vida. Era de esperarse que el vino cobrara su lugar como mi bebida predilecta.

 

Visitando el Valle de Guadalupe para el festival de las conchas y el vino nuevo este año, me percaté de que este concepto chorero y romántico del vino y la familia no sólo es cosa nuestra, sino que es el principio que rige la producción de vino en el país. El Valle es un cúmulo de historias: de sueños perseguidos, de nuevos comienzos, de caprichos necios, de viejos amores y convertibles rosas que convergen en una pasión por hacer un producto y compartirlo. "Nosotros no tenemos competencia" - afirmaba uno de los productores de la vinícola Torres Alegre, con quien tuve el gusto de platicar en una ocasión. "Nosotros somos la familia del Valle de Guadalupe. Si se impulsa el vino mexicano, todos ganamos." Visitar una vinícola significa que una familia nos abre las puertas de su casa. Al abrir una botella de vino mexicano, esa familia nos pone un lugar en su mesa para que disfrutemos del vino en su compañía, tal como lo hacen ellos. 

 

El futuro del vino mexicano es muy emocionante. La cultura del vino está creciendo en el país a pasos agigantados, las propuestas son intrépidas y el crecimiento de la región parece no tener fronteras. Quedan muchas historias por escribirse, muchas noches de fiesta y muchas botellas por destapar. Festejemos, pues, no sólo el vino, sino también los valores que le atribuimos, los recuerdos que nos trae, las alegrías que le acompañan, y sobre todo a la gente con la que lo compartimos; elementos que, en mi humilde opinión, maridan con todo.

 

Estudiante de Derecho de la Universidad Anáhuac Rodrigo González Duarte Estudiante de Derecho en la Universidad Anáhuac. Amante de la música, los viajes, las conversaciones largas, la comida y el vino. Chilango con fuerte influencia ensenadense

 

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