El mejor Gampling

January 11, 2019

"Tengo la fortuna de tener una profesión periodística que me ha permitido explorar y realizar coberturas en las fuentes de gastronomía, turismo y estilo de vida. Trabajando he aprendido mucho sobre el delicado arte del sommelier y el catador y después de eso, mis sentidos se han abierto a un mundo maravilloso lleno de experiencias y sensaciones.

Aunque no me dedico propiamente a la cultura del vino, he tenido la oportunidad de escribir acerca de ello y sobre todo de conocer de cerca esta maravillosa realidad, ligada a la cultura, el cuidado y el proceso de la vid. Curiosamente, muchos de los recuerdos y experiencias que me han formado, han estado relacionados con éste, ya sea compartiendo una botella de vino, teniendo charlas de sobremesa, conociendo a gente interesante que me ha enseñado más acerca de él o viviendo experiencias personales con personas cercanas que siempre disfrutaban de una buena botella de este elixir.

Hoy aprovecho para contarles una experiencia personal que viví en una ocasión que viajé a Valle de Guadalupe en Baja California, porque para disfrutar de este fruto de la vid, no se necesita ser un experto, pero sí se necesita tener mucho corazón.

Me encuentro recostada sobre una silla larga de madera, de esas en las que suelen asolearse las pálidas nórdicas que vacacionan en lugares exóticos. Los últimos rayos del sol acarician mi piel y aunque en esta ocasión no me encuentro en la playa, el paisaje que me rodea es por demás impresionante: cae el atardecer y a lo lejos se observan gigantescas colinas verdes que dialogan en perfecta armonía con el desierto y los caminos de terracería invadidos por hermosos viñedos. El destino me trajo a Valle de Guadalupe y no es un sueño, es real y justo ahora, ésto, es todo lo que deseo.

La fría brisa del valle me golpea el rostro. Detrás de mí, reposa sobre una plataforma de metal un remolque Airstream Caravel de 1967 decorado interiormente con muebles y parafernalia musical de esa época. Los compases del blues de B.B King armonizan el momento envolviéndome en un trance relajante. Estiro mi brazo derecho para alcanzar la copa de vino tinto que descansa sobre una mesita decorada con trozos de vidrio de color, la sostengo y observo a través del cristal el intenso y profundo color púrpura del Merlot que me estoy bebiendo. La inclino y la muevo de forma circular mientras observo la sensualidad que emana de las formas que deja la estela del líquido al caer lentamente sobre el cristal; ahora entiendo por qué las llaman ‘lágrimas de dios’…

Bebo un poco. Cierro los ojos y con total libertad me dejo arrastrar por las emociones y sensaciones que me embargan por dentro. Me conmuevo. En dos segundos mis sentidos se despiertan y en mi mente brotan como chispas de bengala, los recuerdos de algunos momentos de felicidad, convivencia y confort frente a la adversidad. El líquido vital, –aquel que nace de las bondades de la vid-, inunda mi paladar y con cada sorbo, no puedo más que experimentar gozo. Mi cuerpo se entrega por completo a esta sensación de placer y me sacudo con gran emoción.

Como poseída por ese intenso flujo emocional, continúo con el ritual de catar y experimentar las bondades de ese elixir que –física y espiritualmente- se sincronizan conmigo haciéndome recordar en automático, una hermosa experiencia:

– “En aquella ocasión me trepé sin chistar a su Mustang negro del 75 y nos fuimos de road trip desde Hermosillo por la autopista 15 hacia el desierto de Altar en Sonora. Bajamos las ventanillas y el aire azotaba su cabello quebrado de color castaño, haciendo que bailara frenéticamente sobre su rostro infantil que parecía más longevo por la barba tupida que se dejó crecer. Las aventuras de esos cinco días, estuvieron llenas de experiencias que jamás olvidaré, como cuando eres un chiquillo que descubre el mundo por primera vez. No prescindimos de la música: sonaban Creedence, Lou Reed, Real de Catorce y Johnny Cash entre otros; pagábamos por bañarnos en un hotel de algún poblado cercano y acampábamos viendo las estrellas, contando historias de la tía, la abuela, la tierra y sus bondades, conociendo gente, explorando el lugar, bebiendo Merlot (su favorito) y bourbon con agua mineral mientras comíamos atún enlatado con galletas saladas, nueces, cacahuates y arándanos. Una sarta de tonterías que no importan cuando se es feliz, cuando uno se da cuenta de que está vivo”.

Bebo otro sorbo y sonrío. Gracias a ese estado de trance y a esta conexión que experimento, en mi mente los recuerdos fluyen como imágenes de una película recién filmada y yo acaricio ese recuerdo. Al mismo tiempo, revivo ese tiempo de locos y de espíritu beatnik que nos impulsó a realizar ese viaje, pero sobre todo, disfruto de este momento que me devuelve su presencia y el amor que le tenía a la vida, porque aunque físicamente ya no esté aquí, estoy segura que en donde se encuentre, su espíritu sigue siendo igual de alegre, libre y bohemio…

…Contemplo el atardecer y mi vista se nubla con lágrimas de felicidad. Ésta es una de las tantas experiencias que recordaré la próxima vez que alguien me ofrezca una copa de vino, porque éste, más allá de tener numerosas propiedades, tiene la particularidad de envolverte en una experiencia capaz de eliminar todo lo que no necesitas para devolverte a lo básico, a lo esencial del ser humano, a aquello que te hace sentir, recordar, vibrar y sobre todo vivir."

 

“La comida es la parte material de nuestra alimentación, pero el vino es la parte espiritual de nuestro alimento”… –Alejandro Dumas-.

 

 

Periodista y melómana, fan from hell del rock clásico. Loca apasionada de la cultura, el arte y la literatura. Nerd. Cinéfila que ama viajar, conocer, investigar y explorar. Disfruta de la fotografía, la comida, un buen vino, la cerveza artesanal y en general de su profesión, las pasiones y la vida. Actualmente funge como reportera, escribe, investiga y colabora en diferentes medios de comunicación impresos y de web,

como Playboy y el Gourmet y Food and Travel.

 

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